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En una tienda de discos de Valencia, un joven se pone los cascos y escucha un sonido poderoso, que quizá le parece venido de algún lugar profundo y remoto.

“Vaya bacalao de música!”.

Median los años ochenta y así, sin más, queda bautizado el sonido que se convirtió en una de las marcas más reconocibles de Valencia durante casi dos décadas.

El bakalao –del bueno- había aparecido entre nosotros y esa palabra comenzó a deberle parte de su polisemia a Valencia.

No debe haber registros de aquel momento, pero aún vive quien lo cuenta. Y ante la duda: sigamos difundiendo la leyenda.

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Para quienes crecimos en los ochenta, de la ruta del bakalao sólo nos llegó el mito, las vivencias en diferido narradas por quienes tenían unos años más que nosotros.

Nos llegó la admiración por las pegatinas en los coches de los mayores: el murciélago misterioso de Spook, la cara futurista de ACTV y el poderoso gigante con un martillo de NOD. La barraca de trazos gruesos*.

¿Habrá estudiado alguien el impacto que tuvo el diseño de esos logos?

Los que aún éramos niños en la época dorada de la noche valenciana nunca empalmamos 72 horas de ruta.

Pero bailamos algunos de sus temas clásicos como si hubiéramos absorbido del ambiente la memoria de quienes sí se pasaron algunos de los mejores fines de semana de su vida de discoteca en discoteca.

Vivimos los ecos de la ruta. Los de la fascinación de quienes nos contaron en primera persona cómo era la noche en aquella Valencia moderna y hedonista que llegó a atraer a jóvenes de media Europa.

Y los del rechazo, atizado por el sensacionalismo mediático que quiso ver en Valencia, cuando la ruta se convirtió en un fenómeno de masas, la nueva Sodoma, la patria de todos los vicios.

Valencia, a diferencia del Madrid de la Movida, no se vendió como puerta de entrada a España de los sonidos de vanguardia. Aquí, las drogas y los accidentes de tráfico ocuparon más titulares que la creatividad y la experimentación. No somos buenos fabricando mitos.

El bakalao tampoco fue adoptado por la izquierda. Más que una reivindicación de la juventud en época de crisis fue una vía de escape. Y eso puede no parecer suficientemente político…

¿Fueron los bakalas los primeros chavs valencianos? La demonización de la clase obrera y de sus expresiones culturales comenzó en Valencia hace 30 años.

Quizá por eso, el bakalao -como tantas otras “señas de identidad valencianas”- produce una extraña mezcla de autoodio y orgullo.

Pero si quieres entender a una generación de valencianos –e intentar descifrar algunas de las claves de varias más- no es posible hacerlo sin saber qué fue la ruta y cómo se vivió en Valencia.

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